“…A las cuatro estábamos en la estación, todos en el andén. Mientras instalaban las cosas, junto con lo del tío Ignacio, que iba con ella, hubo abrazos, que se le comían; ya para entonces sospechábamos que sería más de un invierno lo que tardaría en volver. Hay que ver cómo lloraba Patri allí. Yo quedé el último. Nos cogimos las manos y aún siento yo la suave y cálida presión de sus dedos sobre los míos. No dijimos nada, que fue un acierto. Cuando se siente igual, ¿para qué hablar? Una frase cursi, de esas que yo temo, hubiera echado a perder aquel momento. No la besé. Pude haberlo hecho también, pero creí que no debía ya. En la presión de su mano sentí el esfuerzo que hacía para no llorar, pero fue entonces, preciosamente, cuando la vi asomarse, como ámbar, una lágrima, sólo una, al borde de las largas pestañas temblorosas. Me sentí estremecer hasta muy dentro. Solté una de mis manos, y yo mismo le pasé el pañuelo por los ojos. Nos sonreímos entonces, ella a mí me parecía tener el arco iris en la cara.
Aún se asomó a la ventanilla hablando con todos. Sólo yo callaba mirándola allí, inclinada hacia fuera, con su traje de viaje y esa sonrisa suya limpia, que se le pone el alma en la cara. Claro, el tren arrancó suavemente. Yo avancé por el andén, como a su estribo, aprisionando entre las mías, la mano que ella me abandonaba. Las abrí luego, como para dejar volar una paloma, y la paloma era el pañuelito blanco, como un ala, que ella agitaba en el aire para mí, hasta hacerse diminuto allá a lo lejos.
Cayeron mis brazos a lo largo del cuerpo, sin dejar de mirar lontazana. No estaba triste yo. Comprendía que se cerraba en aquel momento un ciclo de mi vida; que un niño había muerto definitivamente en mí, y que un nuevo rumbo, solitario y heroico, pero digno de quien tuviera corazón para hacerse por él a la mar, se ofrecía allí mismo ante mi proa. Sonrió mi cara levemente. Hombres afanosos cruzaban junto a mí por el andén. Una voz conocida me llamaba allá atrás con los de casa. Desde un sitio muy hondo de mí mismo, vino a mis labios una frase: et dixi: nunc coepi.”
(José Luis Martín Vigil).
30/9/08
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1 comentario:
La vida sale al encuentro (II)...
Aquí está el segundo, posiblemente lo ampliaré (lo avisaré con un comentario).
Ella, él, ¿para qué hablar? Siempre.
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